lunes, 18 de mayo de 2026

Bocadito

 La navidad estaba cerca cuando decidí que ya no quería esperar más. Lo tenía dando vueltas en mi cabeza por meses, creo que por años. Casi desde la última vez que había tenido uno en mis manos.

El dolor que sentí la última vez que los perdí era una de las razones que me frenaba. También su naturaleza frágil y la responsabilidad de estar siempre pendiente de él eran puntos en contra.

Pero realmente necesitaba su ternura, en ese momento de mi vida en la que la dopamina se escapaba de mis manos. Me decidí y aunque no me gustaba la idea de comprarlo, no tuve otra opción, no había cerca hámsters en adopción.

Estaba amontonado en una pequeña jaula junto a muchos más, lo adoré desde que mis ojos lo encontraron, una diminuta bola blanca con naranja. Un hámster sirio fue lo que me llevé a casa, antes de siquiera tenerlo ya sabía su nombre. Bocadito no llegaba aún a los cinco centímetros, era un bebé de apenas unas tres o cuatro semanas.

Tenía miedo de no poder cuidarlo, pero me prometí dar lo mejor. Ya había leído mucho sobre la crianza de hámters, aseguré mi habitación para que no pudiera escaparse por algún hueco y tenía un chat diario con GPT para estar atenta a sus necesidades y a cualquier cosa que pudiera estar yendo mal.

El primer susto me lo dio a las dos semanas, le dio un bajón de presión y pensé que lo perdía. Fue la primera vez que dejó que lo cargara, lo acuné en mi mano junto a mi pecho hasta que se reguló. Despertó y volvió a su actividad y curiosidad, me olisqueó, me dio pequeñas mordidas suaves, me reconoció. Desde ese día dejó de ponerse nervioso cada vez que abría la jaula, al contrario, venía a saludarme.

Llegó a  la adultez sano y hermoso. Reconocía mi voz y salía de su túnel cuando lo llamaba, lamía mi nariz cuando le acercaba el rostro, le ponía la mano y se subía, lo sacaba a pasear por la habitación, escondía su alimento en diferentes puntos y cuando encontraba todo y tenía su botín guardado en sus mejillas, lo regresaba a su jaula para que guardara todo. Uno de los primeros juguetes que le compré fue unas varitas de manzano, se emocionó tanto, ni dudó en llevarse esa varita a su madriguera como si fuera su tesoro, ahí estuvo largo rato quitándole la corteza. Era adorable.

El segundo susto que me dio fue cuando descubrí que era macho, yo no sabía que le podían crecer tanto los testículos, algunos días simplemente aumentaban su tamaño. Tremendo susto me di, ya iba a caer en depresión pensando que era un tumor.

Tanto amé a Bocadito. Él existía y yo era feliz. Yo lo necesitaba tanto... verlo incansable en su rueda, comer, morder, trepar, explorar, era hermoso. Su naturaleza nocturna me servía cuando me amanecía trabajando, era mi compañero y cuando necesitaba un respiro simplemente me levantaba a verlo. Muchas veces nos íbamos a dormir al mismo tiempo.

El tercer susto ya no fue un susto, fue una tragedia. Me sentí culpable por no darme cuenta antes, pero la verdad es que había pasado un poco más de una hora desde que lo había escuchado girando en su rueda. La noche anterior había estado bastante activo, aunque se fue a dormir algo más temprano, por eso no me extrañó cuando se levantó a las cinco de la tarde, cuando normalmente lo hacía a las seis o siete. Y fue a las siete de la noche que me acerqué a verlo. Llevaba un rato sin escucharlo y, siempre que eso pasaba, iba a comprobar que todo estuviera bien. Siempre estaba bien... esa vez no. Lo encontré durmiendo al lado de su rueda, nunca dormía fuera de su madriguera, la última vez que hizo eso fue cuando le había dado el bajón de presión, y eso le pasó otra vez. Regulé su temperatura, volvió a estar tibio, pero no despertaba... quise pensar que solo necesitaba descanso, pero fui buscando veterinarios cercanos. Era domingo y feriado, no había veterinarios. Hice todo lo que pude hacer... no quiero ahondar en eso, solo diré que pasé cada minuto a su lado, hasta que pasada la medianoche dejó de respirar.

Sentí que me estrujaban desde el interior, dolía, lloré en el piso como una niña y solo deseaba que fuera una pesadilla o estar alucinando, no me importaba si eso significaba que estaba loca. Pero todo fue real, me sentía tan mal y tan estúpida por estar completamente segura de que Bocadito viviría  conmigo sus dos años de vida (que ya parecía muy poco) y hasta más, porque yo estaba haciendo todo bien y creía que eso bastaba.

Tal vez es algo cruel escribir esto para quien lo lea, pero realmente no tuve oportunidad de desahogarme y decir lo que significó para mi perder a Bocadito, y quiero hacerlo en estas letras. Pensaba que Bocadito estaría conmigo dos años y eso ya dolía, pero que se fuera a los seis meses fue cruel, el universo me robó tiempo, no es justo. 

Lo extraño demasiado, aún espero escucharlo en su rueda, escarbando o tomando agua. Cuando como fruta es extraño no cortar un pedacito para él, o separarle un pedazo de pollo, huevo o alguna proteína, ya no asalto la cocina buscando un pedazo de verdura. Veo arándanos y quiero llorar, él los amaba. Todos los juguetes que le iba a comprar tuve que sacarlos de mi carrito. Lo extraño, lo extraño y no tengo con quién compartir este dolor porque nadie sabe todo lo que significaba para mí y nadie lo amó más que yo.




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